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  • En los últimos 30 años, América Latina y el Caribe ha transitado por períodos de luces y sombras, durante los cuales ha encarado graves crisis económicas, lentas recuperaciones y etapas de auge y de fuertes transformaciones, asociadas a ritmos variables de crecimiento, que responden en gran medida a los profundos cambios de la economía mundial y a una mayor vulnerabilidad de la región frente al contexto externo. Estos contrastes estuvieron acompañados de políticas públicas menos activas en los años ochenta y noventa y más activas a partir del cambio de milenio. Después de la crisis de los ochenta, en gran parte como resultado de las políticas de ajuste, se registraron aumentos dramáticos de la pobreza y se produjo un nuevo paradigma de desarrollo —el mercado céntrico—, de carácter hegemónico, insostenible desde la perspectiva social y que luego fue cuestionado y acompañado por amplios procesos de democratización.
  • Durante las últimas tres décadas ocurrieron cuatro grandes hitos que agravaron la inestabilidad del crecimiento económico en la mayoría de los países de América Latina y el Caribe: la crisis de la deuda externa en los años ochenta, los choques financieros en la década de 1990, el auge de los precios de las materias primas en el primer decenio de este siglo y la crisis financiera global de 2008-2009 y sus secuelas. Todos estos choques pusieron de manifiesto la vulnerabilidad del crecimiento de la región frente a acontecimientos externos, si bien los cambios en las políticas macroeconómicas aplicadas en este período, y que son analizadas en este libro, contribuyeron a reducir tanto su inestabilidad, real y nominal, asociada esta última con la inflación y las crisis financieras. Los huracanes y terremotos, que han impactado especialmente a México, a los países centroamericanos y del Caribe, así como a los de la costa del Pacífico de América del Sur, han sido un quinto tipo de choque en estos años, menos sujeto a evaluaciones macroeconómicas.
  • En este capítulo se realiza una estimación de los factores que contribuyeron a la productividad laboral en América Latina en el período 1980-2010, medidos a través de la aplicación de la metodología de la contabilización del crecimiento. A diferencia de las investigaciones tradicionales, en este caso el documento se concentró en la cuantificación del aporte de las diferentes características del empleo, distinguiendo el nivel de estudio del factor trabajo, y desagregando los activos mediante la diferenciación de aquellos que tienen tasas de depreciación elevadas (y costos de uso altos) de los con tasas de depreciación bajas (y costos de uso iguales a productividades marginales reducidas) dentro del total del capital. Esta metodología permite medir, al menos en parte, la incorporación del progreso técnico en la inversión, a diferencia de aquellas que se centran en la productividad total de los factores como fuente “externa” del progreso técnico. En particular, se estima para 16 países el aporte de las tecnologías de la información y comunicación incorporadas a la inversión, mediante la desagregación del capital en cuatro tipos de activos, analizados sobre la base de su costo de uso y no de su valor de mercado como ponderador.
  • La multifacética relación del empleo y el crecimiento económico tiene causas y efectos bidireccionales. Por un lado, el trabajo es uno de los factores de producción que contribuyen al crecimiento económico y sus características inciden en las pautas y la sostenibilidad económica de este. Por otro lado, una expansión de la producción más allá de cierto umbral suele estimular la creación de nuevos puestos de trabajo y un aumento del nivel de empleo.
  • La literatura especializada plantea que el crecimiento económico y la inversión están correlacionados en el largo plazo, y que el primero está en función de la acumulación de capital. Para lograr mayores tasas de crecimiento es necesario aumentar los coeficientes de inversión, aunque también inciden otros factores, tales como el progreso técnico; la movilización de recursos hacia las actividades de mayor productividad y vínculos más intensos y diversificados con el aparato productivo (esto es, a través del cambio estructural); modificaciones culturales, demográficas e institucionales que influyan en una mayor o menor participación en la actividad laboral; un avance en la calidad del capital humano, y la incorporación de factores productivos ociosos, subutilizados o que todavía no habían sido descubiertos. La inversión es uno de los principales medios a través de los cuales se concretan estos procesos. Otros factores, que no son estrictamente de naturaleza económica, también repercuten sobre el crecimiento, como el marco institucional, que diversos análisis recientes destacan como esencial.
  • El crecimiento económico facilita el tránsito hacia sociedades más igualitarias, justas e inclusivas, pero por sí solo no garantiza que los países se encaminen hacia el logro de estos objetivos. El horizonte programático que la Comisión Económica para América Latina y el Caribe (CEPAL) propone para la región, de crecimiento con inclusión e igualdad social, debiera ser el resultado de una combinación de tasas altas y sostenidas de aumento del producto interno bruto (PIB) con procesos de transformación hacia una estructura económica de alta productividad, políticas laborales activas consistentes con metas de redistribución, expansión del goce universal de los derechos sociales y fortalecimiento de la ciudadanía civil y política (CEPAL, 2012).
  • Las economías de América Latina y el Caribe se internacionalizaron intensivamente desde los años ochenta mediante un acelerado incremento de sus exportaciones e importaciones. Estos flujos aumentaron con mayor celeridad que el producto interno bruto (PIB), lo que se tradujo en una tasa de apertura más elevada (medida por el cociente del comercio internacional y el PIB). El crecimiento del comercio se debió en parte a la disminución de las barreras arancelarias y no arancelarias a las importaciones dentro de la región y en otros mercados del mundo. También contribuyeron a este aumento la mayor estabilidad macroeconómica, el incremento de los flujos de inversión extranjera directa (IED) y otras políticas complementarias. Además, la fuerte expansión económica de Asia, y en particular de China, ha sido un motor de crecimiento para las exportaciones de la región, en especial las de productos primarios de América del Sur. En forma paralela, China se ha convertido en uno de los principales proveedores de importaciones, sobre todo manufactureras, para los países de la región.
  • Los países de América Latina y el Caribe han tenido un desempeño modesto en materia de crecimiento económico, que en los últimos 30 años puede ser caracterizado como inestable y desigual (CEPAL, 2013). Debido a este bajo crecimiento, la región ha sido incapaz de converger hacia los niveles de ingreso de las economías más desarrolladas y, por el contrario, ha perdido terreno en esta materia, lo que se ha identificado como uno de los principales problemas del desarrollo en la región (Restuccia, 2012).
  • En la teoría económica clásica, se asume que existe un planificador benevolente y omnisciente que puede definir las condiciones de eficiencia y, por tanto, la delimitación entre bienes públicos y privados, siendo los primeros aquellos bienes no rivales ni excluibles. Según esta concepción tradicional, al existir relativamente pocos bienes públicos “genuinos”, el tamaño óptimo del Estado debería quedar delimitado por el costo de sus funciones esenciales: la defensa, la seguridad, la administración de justicia y la infraestructura, según la descripción de Adam Smith de lo que hoy se denomina “Estado mínimo”.